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La orquesta del titanic


Ayer escribí tres mensajes a Pediap y acabaron todos en la papelera. Eran demasiado duros. Entre el humo del tabaco virtual y el copago estaba de los nervios. Pero medité, recapacité, me contuve y borré. Y hete aquí que abro el correo hoy y veo que mis colegas de Pediap siguen con el llanto y el rechinar de dientes y me da pena-rabia-frustración. Tal vez haga falta un buen par de sopapos para espabilar, aunque no serán sopapos nuevos, porque todo esto, ya está dicho.

Un compañero comparaba la situación con la orquesta del titanic, comparación que me pareció muy acertada. No me costó imaginarme tocando la trompeta en la orquesta, desafinando un poco. Incluso pensé y pienso en la inmensísima profesionalidad de mis colegas dedicados cada uno a tocar su instrumento, mientras nos hundíamos. Eso sí, no conseguíamos acompasarnos bien y parecía que cada uno estaba tocando una melodía distinta, llevados por lo delicado de la situación.

Creo que en esa situación como en la actual, no podría contenerme y soltaría la trompeta y le gritaría a mis colegas:

Aunque somos músicos y los que sabemos de verdad es tocar ¿nadie piensa en cerrar compuertas? ¿nadie hecha mano de la radio para pedir ayuda? ¿nadie piensa en echar un bote al agua? ¿sólo llorar mientras tocáis cada cual su instrumento y su propia melodía? ¿no se puede hacer nada?

El problema es que, si cada uno hace una cosa a su bola, el barco, del modelo de sistema sanitario público financiado con impuestos, irremisiblemente se hundirá. Hay que emprender una serie de acciones coordinadas. A ser posible más producto de la creación inteligente que de la reacción torpe y cobarde.

Cerrar compuertas, supone renunciar a una parte del barco para mantener el resto a flote. Tal vez debamos renunciar a la «barra libre», lo cual no es lo mismo que «copago». Tampoco es que haya que inventar gran cosa, pues todo está ya inventado: cobrar por las urgencias que no sean urgencias reales, cobrar cuando se consulta a más de un médico en el mismo día y, pasar directamente a la sanción económica si son tres y ello no está motivado por la indicación del médico que la vio en primer lugar. También puedes poner el cartel de «el seguro solo invita a la primera copa» (o a las 3,5, 10, 15 o 20 primeras consultas anuales -en función de edad, antecedentes, condicionantes sociales…- pero nunca a TODAS salvo contadas excepciones que contarían con una tarjeta especial que espediría la inspección médica).

Hay que llamar por radio: insistentemente y sin descanso, hay que dar la vara y como decía Dalí: «el que quiera interesar, tiene que provocar», así que nada de medias tintas en los comunicados, ni de serenidad, ni de llamadas al consenso. Tal vez haya que ser pesimista, alarmista, derrotista y catastrofista, pues no se pueden obtener distintos resultados haciendo el experimento siempre de la misma forma (que diría Einstein). Basta ya de medias verdades, o de verdades ocultas, o de mentiras con nuestro silencio cómplice.

Hay que lanzar botes salvavidas, y eso puede ser pasar por agrupar pediatras, renunciar transitoriamente al barco e irse a la seguridad del bote-pediatría consultora para ahorrar recursos. También puede pasar por ir al bote 5% de la prestación farmacéutica para pensionistas. Tal vez incluso haya que subirse en el de 50% para activos. Tal vez haya que subirse incluso al bote del 10% de la factura generada en hospitales, consultas y urgencias. Lo que hay que tener claro es que los botes que se sueltan y no se aprovechan se los lleva la corriente y habrá que subirse cada vez más apretados en cada vez menos botes que saldrán cada vez más caros. Niguna de estas medidas tiene por qué ser permanente, sino que puede ser transitoria hasta conseguir salvar el barco.

Pero quizá el mayor problema de todos es que cada uno toca en la orquesta a su bola. Nos falta un cuerpo de oficiales decidido, en este barco que se hunde. En este cuerpo de oficiales están AEP, AEPap, Sociedades autonómicas, OMC, SEMFyC… Ninguno se atreve a decirle al capitán que no tiene ni idea y que caminamos a paso firme hacia un desastre de incalculables consecuencias futuras. Todos estos oficiales parecen más preparados para tiempos de bonanza. Calculan derrotas a la perfección sabiendo perfectamente donde quieren ir, pero creo que aún no se han dado cuenta de que el barco se hunde y no llegará a ningún lado, mientras los fogoneros ya se ahogan junto a las calderas. Se repite la historia del Titanic: rumbo equivocado, impacto «inesperado», pero totalmente previsible (a toda máquina a las órdenes de un capitán que no se le ocurre sino ir alimentando la caldera con más y más prestaciones -mientras los oficiales refunfuñan por lo bajini, temiendo el desastre sin atreverse a decir nada para no ser tachados de catastrofistas-), ignorar la importancia del impacto, pedir socorro tarde… Esperemos que nuestro Titanic se salve y no sea tarde aún, pero sin la oficialidad, esto será un sálvese quien puede, un «las mujeres, los niños y los ancianos los últimos»

¿Por qué las sociedades científicas o la OMC no solicitan la implantación urgente de algún sistema de control en el abuso sin excluir el copago como último recurso? ¿Por qué no es posible una campaña coordinada de las sociedades científicas y OMC, a la que de seguro nos sumaríamos algunos blogueros sanitarios, pidiendo una solución al deterioro imparable de la situación, que contemple el copago? ¿Internet en las consultas (la cena no se ha podido calentar en la cocina) es más prioritario? ¿La gripe A (el tanque de agua dulce pierde agua) era más prioritaria? (puede que más urgente, pero no más importante, que diría Mao) ¿Por qué ni siquiera es posible poner de acuerdo a más de 10 personas para vocearlo, si todos, hacia nuestros adentros pensamos lo mismo? ¿De qué tenemos miedo?

Tenemos miedo de decir LA VERDAD. Tenemos miedos y tabúes ancestrales. No nos atrevemos a decir ciertas cosas. Evitamos decir cancer (nos gusta más neo), evitamos decir muerte (y decimos exitus o defunción) y evitamos por todos los medios dar malas noticias, como que el barco se hunde. Nos ponemos el traje de los optimistas y vestimos las verdades con eufemismos: «el barco ha sufrido una brusca desaceleración como consecuencia de la interacción con una masa de agua dulce solidificada, lo que no impedirá que lleguemos a Nueva York en el horario previsto».

LA VERDAD es que ni los marineros, ni los fogoneros, ni los músicos podremos salvar el barco. Sólo podemos gritar, llorar, apagar fuegos o cerrar pequeñas vías de agua. El barco sólo lo salvaran los oficiales, a ser posible con el capitán, o destituyendo al capitán y nombrando otro nuevo que se haga cargo de la situación real del barco. Y puede que, para entonces, sea tarde y sólo nos quede coger cada cual su instrumento y hundirnos con la mayor dignidad.

Dejad al menos de llorar y buscad un chaleco salvavidas, al tiempo que jaleáis a vuestros oficiales para que hagan algo. Y los oficiales, no penséis que os váis a salvar todos. Si os quedáis sin marineros a los que organizar seréis oficiales inútiles y desapareceréis con el barco. Yo ya tengo mi chaleco y lo busqué antes del impacto, cuando el capitán ordenó «¡A toda máquina!». Ahora no dejo de quitarle el ojo a un bote que se llama «medicina privada», en el que aún queda sitio de sobra para mí, pero al que no he querido subirme porque aún tengo esperanza.


La esperanza es lo último que se pierde, aunque, por desgracia, se pierde frecuentemente junto con la vida.

pediatria y salud

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Pedro
Pedro
Cotilla de la red, a la última de todas las novedades en revistas, periódicos, blog… Polifacético. Periodista desde hace 7 años y amante de los blogs

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