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¡MUERTE A LA VOCACION!

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«No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el Tiempo.»
 
EM Cioran. 
 
Cada vez que leo esta frase de este juglar del declive, me viene a la mente la palabra vocación, y siento una mezcla de náusea, rabia, frustración y cólera.
 
Los médicos llevamos mucho tiempo vistiéndonos con ella como si de un cilicio se tratase. Sólo para hacernos daño, pues no vendra un ente superior a recompensar tal sacrificio.
 
Los usuarios la utilizan a modo de gota china, que parece inofensiva pero quiebra la voluntad de quien la sufre. Poco menos que demandan nuestro agradecimiento por dejar que «les pintemos la cerca».
 
Las empresas públicas, y sólo conozco al Servicio Andaluz de Salud, la enarbolan a modo de látigo amenazante en cuanto se escucha el menor lamento. De esta forma, en nuestras propias filas aparecen los que llevan el cilicio más ceñido y con más púas, que no conformes con ceñírselo, pretenden que los demás nos lo ciñamos con igual fuerza y fé.
 
¡Ya está bien! ¡Basta ya de tanto estúpido eufemismo!
 
Lo que sentimos cuando éramos jóvenes e ilusos, podía ser llamado vocación. Los que pueden seguir llamando a su trabajo vocación, no están leyendo esto. Están sin línea ADSL en un campamento en Sudán, en Haití, en Guatemala…, o terminada su consulta (su trabajo), van a dar rienda suelta a su vocación a los barrios marginales o abren una consulta gratis por las tardes (o las mañanas si eres pediatra joven en Madrid -eso tengo entendido-) para inmigrantes sin papeles, pues su VOCACION, los lleva en volandas al lado de los más débiles, de los que más los necesitan, de los que enferman muy a su pesar y no tienen medios con que combatir su enfermedad.
 
Pagando a Tom Sawyer por pintar la cerca.
Sin embargo, nos está bien empleado este justo castigo, por el vituperio que supone el empleo de la palabra vocación en nuestro medio. 
Nosotros, los que trabajamos en una empresa pública y cobramos un sueldo, deberíamos proscribir de nuestro vocabulario, como deberíamos proscribir cualquier otro eufemismo, la palabra vocación. Deberíamos quitarnos el cilicio, comprarnos un paraguas y soltar una patada en la entrepierna al que la enarbole como látigo.
Quemad la bata santa y enfundaros el mono de trabajo, porque como trabajadores nos trata la administración y como trabajadores «privilegiados» nos tratan los usuarios por los que sentimos esa perniciosa advocación. Mientras ellos nos desdeñan y aplauden cada uno de los latigazos que nos da la administración. ¿Veis a muchos usuarios indignados por los recortes que recibimos? No lo están porque se creen a salvo bajo el paraguas de nuestra advocación.
 
Estoy harto de leer escritos de protesta en los que lamentamos los recortes, mientras decimos que procuraremos que estos no afecten a la población. ¿Y como se hace eso? Si en un centro con 10 médicos interinos en Andalucía se va a recortar un 10%, es decir, se va a quedar con 9 ¿Como van a atender igual que antes? ¿Lo harán más rápido? ¿Van a hacer horas extras sin que se las paguen? ¿Renunciarán a su descanso reglamentario? ¿O es que es cierto que los médicos están mano sobre mano media mañana y simplemente nos podemos permitir el lujo de echar a la mitad a su casa? ¿Y que ocurrirá cuando se vayan de vacaciones y uno se ponga enfermo? ¿Renunciarán llevados por su vocación a las vacaciones? ¿Iran a trabajar con muleta, escayola y mascarilla para no contagiar a sus «protegidos»? Quizá debamos dejar que cada uno pinte su trozo de valla y si a mí me piden que pinte sólo el 90%, tendré que hacer ver a los usuarios que es asunto suyo pintar el 10% que resta, o que se quede sin pintar. Tal vez de esta forma los usuarios, en lugar de ver una cerca reluciente, vean los desconchones que aparecen por doquier en el Sistema Sanitario Público Andaluz y que los médicos, no sólo no podemos pintarlos ya, sino que gritamos ¡Ya está bien de pintar lo que otro desconcha y nadie se preocupa por mantener!
 
La vocación no puntúa en bolsa ni en traslados u oposiciones.  No te es valorada en la carrera profesional ni existe el «complemento vocacional». Nuestros hijos no comen vocación, ni al matricularse en sus estudios les harán un descuento por vocación paterna o materna. Tampoco el Servicio Andaluz de Empleo o la bolsa de trabajo del SAS va a puntuarles para que encuentre antes un trabajo en agradecimiento a la vocación de sus padres. Es más, cuando el fontanero viene a nuestras casas no podemos aludir a su «vocación» (que puede tenerla) para que nos haga una rebaja, que para eso disfruta con su trabajo. Los tiempos de Tom Sayer en los que los ingenuos pagaban para «disfrutar» pintando la cerca, podrían estar nuevamente a la vuelta de la esquina si no gritamos ¡Muerte a la vocación!
 
 
 
 
«Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos.»
 
EM Cioran.
 
 

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David
Enganchado a las redes sociales, twittero de nacimiento. Consumista innato, deportista, amante de los libros, a la última en secretos de mujer, cocinillas… En definitiva me encanta estudiar todo lo que me rodea. Mis amigos dicen que vivo al límite.

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